- Todo ha ido bien, mamá - dijo al auricular -. Desde que volvimos de Dublín ha hecho mejor tiempo. Saqué unas fotos preciosas de camino aquí, ya las verás cuando llegue.
- ¿Seguro que no quieres que vaya al puerto a recogerte? Hará mucho frío para que vengas hasta aquí en moto... - respondió su madre.
- No importa, ya sabes que me gusta ir en moto. Y más si hace frío. - Miró hacia fuera y se estremeció observando las ramas moviéndose con el gélido viento que el mar traía al sur de Irlanda.- ¿Sigue nevando?
- Dios mío, ¡no para! - respondió su madre -. Está siendo el enero más frío desde hace muchos años.
- Tengo que dejarte, no llevo más monedas encima. Te llamaré cuando llegue a Londres.
- Está bien - dijo su madre -. Dale recuerdos a los demás. Ten cuidado.
- Adiós, mamá. - dijo Ashley, y colgó.
Salió de la cabina, se echó la capucha del anorak a la cabeza y echó a andar a paso rápido hacia el pub de la esquina, con las manos entumecidas en los bolsillos. Echó una ojeada a los barcos meciéndose en el puerto y sonrió.
Cork era una ciudad encantadora. El tiempo, siempre gris, contrastaba con las casitas de colores y tejados puntiagudos que se apegotonaban graciosamente a lo largo de la calle principal. La gente solía ser amable y hospitalaria. El frío se olvidaba con unas risas en cualquiera de los sitios acogedores que abundaban en la localidad. Solía venir de vacaciones en familia cuando era pequeña. Era un lugar en el que, teniendo en cuenta quién era su padre, podían relajarse medianamente sin encontrarse con paparazzis a la vuelta de una manzana y otra. Le traía los mejores recuerdos de su infancia.
Su madre había nacido allí y se había mudado a Londres para estudiar Bellas Artes. Allí, en el pueblecito al norte de Londres donde ahora residían, había conocido a George Winters, que por entonces era un guapo actor de creciente popularidad, y se habían casado al poco tiempo para formar la familia que ahora eran. Cuando las vacaciones en Cork dejaron de ser frecuentes, Ashley, que sentía parte de sus raíces allí y se estaba formando como fotógrafa, había viajado a la isla esmeralda repetidas veces, atraída por su historia, cultura y belleza paisajística.
Hacía un mes que ella y sus amigos habían salido de Londres en el barco de Vincent, el novio de la mejor amiga de Ashley, un chico de color de familia adinerada, unos años mayor que el resto del grupo. Habían llegado a Cork y recorrido toda la costa de Irlanda y parte del interior en una caravana alquilada, acampando y hospedándose donde encontraban sitio, para volver de nuevo a Cork hacía unos días y prepararse para regresar. Durante el trayecto, Ashley había sacado sus mejores fotografías hasta el momento. Se había tomado un descanso en sus estudios para ese viaje y se sentía satisfecha.
Últimamente se había visto sometida a mucha presión. Desde que también su hermano decidió hacerse actor, habían empezado a perseguirla a ella también por todo Londres, a sacarla por televisión en programas de tertulia rosa y a involucrarla en numerosos rumores. ¡Incluso la esperaban a las puertas de la universidad, para preguntarle por sus intimidades sentimentales!
Emma la esperaba en la puerta del pub, fumando un cigarrillo. Sus flacas y largas piernas pataleaban el suelo y temblaban de frío y su pelo castaño se revolvía delante de su cara con el viento helado.
- ¿Sabes? Esto es lo que no me gusta de Irlanda, ni de Inglaterra. Tengo que salir de un pub para fumar un cigarro - le dijo, con los labios morados - ¿Sabes que en otros países europeos se puede fumar dentro de los bares, las discotecas, los rest...?
- ¡No me eches el humo en la cara! ¡Esa porquería te matará! - la interrumpió Ashley, riendo y empujándola hacia dentro.
- Seguro que otra cosa lo hace antes - respondió Emma mientras entraban y miraba a Vincent, el chico de color, sentado en la esquina del banco donde estaba el resto del grupo.
Ambas se miraron y rieron a carcajada limpia, antes de hacerse un hueco y sentarse también.
La poca luz del pub provenía de un par de focos amarillentos que colgaban del techo y de la chimenea al fondo de la estancia, que proyectaba una cálida luz anaranjada, formando sombras en movimiento. Las paredes del pub eran verde oscuro en casi su totalidad, pero estaban tapadas por montones de fotografías de paisajes y personalidades célebres irlandesas. También había estanterías con libros viejos, llenos de polvo, y una máquina de discos que parecía una reliquia a subastar. En la barra, la dueña del sitio, de pelo corto blanco y negro (no se sabía cuál de los colores era el teñido) estaba apoyada contra una pila de discos, leyendo con toda tranquilidad en medio de todo el ruido. El sitio estaba a rebosar de gente que reía y brindaba sin cesar.
Era el primer pub de los muchos en los que habían estado en Irlanda y el último en que pasarían el rato antes de irse del país.
- ¡Vamos, Ashley, te toca! ¿Por qué has tardado tanto? - dijo uno de los chicos, de cuerpo atlético, ojos azules y bonita sonrisa.
- Estaba hablando con su madre, Oliver, no seas pesado - contestó con los ojos en blanco la guapa del grupo, de melena rubia y brillante y labios rosas sensuales. Llevaba un escote poco adecuado para el tiempo que hacía, pero ella no solía ser adecuada en sí misma la mayoría del tiempo.
- Gracias, Ruth - sentenció Ashley, mientras removía los dados en el cubilete.
Estaban sentados alrededor de una mesa redonda cerca de la chimenea.
- ¿A qué hora saldremos el domingo? - preguntó Vincent, adoptando lo que pareció una de sus poses de modelo.
- Oh, cariño, ¿ya quieres separarte de mí? - dijo Emma, acurrucándose en su hombro y pestañeando exageradamente de forma cursi. Todos rieron.
- Venga, Vincent - señaló Oliver -, no estropees los últimos días de vacaciones hablando de la vuelta.
Siguieron jugando hasta que ya no pudieron tirar los dados sin que éstos cayeran en la mesa de al lado. Salieron tambaleándose del pub, después de demasiadas pintas de Guiness, apoyándose unos en otros y sin parar de reír, en dirección al hostal donde pasarían las dos últimas noches.
Oliver acompañó a Ashley hasta la puerta de su habitación y se apoyó en la pared con el codo, mirándola con ojos de cordero.
- ¿Puedo pasar? - preguntó.
- Oliver, no me parece una buena idea - contestó ella -. Ahora sólo quiero descansar.
- Pero... - balbuceó él -. Ashley, yo...
- Por favor - suspiró ella, y cerró la puerta en sus narices.
No era la primera vez que Oliver intentaba acercarse a ella descaradamente. Habían sido novios en el instituto. Cuando Ashley empezó la universidad, sus fuerzas por mantener su relación de adolescente se desvanecieron y decidió terminar con él, aunque seguían perteneciendo al mismo grupo de amigos. Era un buen chico, guapo, tierno y protector, pero los intereses de ambos tomaron caminos separados y ella estaba demasiado inmersa en sus estudios y su cámara como para seguir cultivando algo que podría haber terminado en el clásico matrimonio que se conoce desde niños. Él se estancó en su papel y Ashley siempre creyó en la evolución personal. Aún así, él nunca pareció rendirse con ella.
Se descolgó la réflex del cuello y se quitó la chaqueta y las converse. Hacía demasiado frío para llevarlas y habían pasado de moda hacía tiempo, pero nunca dejó de usarlas. Tenía cinco, en blanco, rojo, negro, amarillo y morado. Se metió en el baño y se desprendió de toda la ropa lentamente. Se miró en el espejo, con los ojos grandes, vivos y verdes que compartía con su hermano y su madre, y se soltó el largo pelo negro, que llevaba recogido en una coleta. Luego entró en la ducha y se pasó media hora bajo el agua caliente.
Pensó y pensó en los nervios que se la comían día a día. Ya era de antemano una persona bastante inquieta, pero ahora estaba saturada. Nunca le gustó ser hija de un actor de Hollywood. Cuando era pequeña, su madre siempre trató de dejarla al margen de la prensa y la televisión, pero fue imposible. Además, lo peor del asunto radicaba en cómo la mayoría de gente la trataba al saber que era hija (y ahora también hermana) de un famoso. En el colegio y el instituto, la criticaban y adoraban a partes iguales sin más fundamento que el eco que provocaba su familia en ella. Poca gente se dignaba a conocerla realmente, y esos pocos eran quienes la acompañaban en ese viaje a Irlanda. Eso sí la hacía feliz. Pero hubiera dado cualquier cosa por hacer desaparecer a esas personas que la perseguían y a los prejuicios que se creaban en su contra. Le hubiera gustado ser un personaje de una de esas películas de su padre.