La puerta estaba a punto de venirse abajo.
A centímetros de su espalda, la pared los dejaba acorralados y obligados a enfrentarse al tumulto de salvajes que a pocos metros intentaba llegar hasta ellos.
Hombro con hombro, ambos se miraron y miraron sus respectivas armas. Él empuñaba una réplica de la espada del rey Richard III de Inglaterra. Ella sujetaba con ambas manos, que sudaban descontroladamente, una Beretta que apuntaba hacia el estruendo.
Otro fuerte golpe hizo temblar la puerta.
- ¿Qué hacemos ahora? - preguntó ella a grito histérico.
Él miró a su alrededor, tratando de averiguar cómo salir de aquel infierno sin tener que unirse al grupo que entraría de un momento a otro por la única entrada y salida que había en la habitación. En lo alto de la pared derecha había un conducto de ventilación. Él se puso debajo y le hizo a ella un gesto nervioso con la cabeza.
Ella echó una mirada más a la puerta, desde la que no paraban de escucharse los más terribles lamentos y jadeos y corrió hacia allí. Subió un pie a las manos de él y luego el otro, para después alzarse en sus hombros y acercar las manos al conducto. Tambaleándose, empezó a intentar sacar la rejilla que lo tapaba y, otra vez, la puerta tembló. Ambos fijaron la vista ansiosamente en la rejilla hasta que cayó ruidosamente al suelo a los pies de él.
- ¡Ya está! - exclamó ella.
- ¡Rápido, entra! - gritó él.
- ¿Y tú? - preguntó ella, asustada.
- No te preocupes, ¡entra ya! - respondió él.
Le miró desde la altura, sujeta al borde del conducto, aterrorizada.
- Todo saldrá bien - le dijo mirándola a los ojos, suplicante.
Pero ella sabía que cada vez que le había dicho que todo iba a salir bien, había ocurrido todo lo contrario, y se quedó inmóvil en esa posición, sin saber qué hacer.
Los gritos del pasillo eran cada vez más altos, o probablemente se trataba de más monstruos que iban uniéndose al grupo que intentaba tirar la puerta, golpeándola con más y más fuerza.
- ¡Ashley, por favor! - chilló él.
Entonces el pomo cayó, y la puerta se abrió unos centímetros, frenada en seco por la cadena de seguridad, dejando a la vista una rendija por la que ahora cabían los brazos de piel putrefacta, que se colaban estirándose hacia ellos, en gestos sedientos. Los gemidos se agudizaron al comprobar lo cerca que se encontraban ya de su presa, y los ojos inyectados en sangre casi se salían de sus órbitas.
- ¡No pienso dejarte aquí! - dijo ella.
- ¡Esto no es una de esas películas! ¡No te hagas la heroína ahora! ¡Sálvate, maldita sea! - suplicó él.
La cadena se rompió y los dos, paralizados de terror, miraron hacia la puerta, que se abrió de par en par en un golpe sordo contra la pared.
- ¡Noooooo! - gritaron a la vez.
Entonces se produjo la explosión y todo quedó a oscuras.
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