lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo III

- ¿Qué demonios está pasando? - dijo Emma, estupefacta, a la salida del tren.

En la estación Victoria, ya no es que hubiera gente moviéndose nerviosa de un lado a otro, como en Cardiff, sino que corrían despavoridos y se avalanzaban unos encima de otros, abriéndose paso entre lo que parecían colas, para poder conseguir un billete de tren. Todo el mundo gritaba. La estación, en toda su gran magnitud, estaba a rebosar de gente histérica. Había policías intentando reducir a unos cuantos que habían, incluso, empezado una pelea.

- ¡Dios santo, Harry, no quedan más billetes! ¡Van a cerrar la estanción! - le gritaba una mujer a su marido entre lágrimas.

No paraba de entrar gente en la estación.
Un hombre rodó por las escaleras mecánicas, arrastrando en su caída a otros tantos que ya bajaban corriendo. Una mujer, con tres niños, pasó por su lado arrastrando como podía dos pesadas maletas, dando traspiés hacia los andenes. Una familia, con abuelos incluídos, discutía acaloradamente con la chica del punto de información, que había formado una cola de una treintena de personas. Hombres uniformados frenaban el paso a golpe de porra a gente que intentaba colarse sin billete en los trenes. Un grupo de muchachas jóvenes se les acercó preguntando muy nerviosas si podían venderles un pasaje, diciendo que habían perdido a sus familias.

Ashley y los demás empezaron a avanzar hacia las escaleras de salida, entre el montón de gente que abarrotaba el hall de una de las más importantes estaciones de Londres. La gran mayoría trataba de llegar corriendo a los andenes, pero al momento resultaba ya imposible adelantarse con rápidez; se había formado una lenta masa de expresiones de pánico, rostros sudorosos y brazos estirados al aire que apenas se movía de su sitio. Oliver iba delante, tratando de abrirse paso a codazos entre la histeria, a ritmo de tortuga. Ninguno de ellos era capaz de decir nada.

Ya estaban arriba. Ashley se dio la vuelta para ver el aspecto de la estación desde lo alto, parpadeó varias veces ante semejante vorágine y, cuando Oliver tiró de su brazo, reaccionó y siguió a los demás hacia la salida.

La zona que rodeaba la estación mostraba una escena sobrecogedora.
La primera imagen que Ashley obtuvo de Londres fue la siguente: Al menos cien personas corrían a voz en grito, chillando los nombres de quienes llamaban y blasfemando cuanto se les ocurría o pidiendo ayuda al Santísimo Señor a partes iguales, empujando a cualquiera que les obstaculizara el paso, ya fuera tirándolo al suelo de la acera o en medio del asfalto, después de lo cual no parecía preocuparles en absoluto tener que pasarles por encima.
Los coches, haciendo caso omiso de las señales de tráfico, se dispersaban en una y otra dirección, dando acelerones y pegando volantazos que, Ashley creyó ver claramente, se llevaban a más de uno por delante, haciendo más insufribles los cientos de gritos desesperados que podían escucharse añadiendo a éstos el sonido incansable de bocinas estridentes. Allí no había circulación por la derecha, ni por la izquierda. Ni look left, ni look right. Era lo nunca visto, en Londres y en cualquier otro sitio.
Algo realmente horrible estaba pasando.

Se abrieron paso por las calles a una muy lenta velocidad, propinando los mismos empujones que iban recibiendo del tumulto de unos ciudadanos británicos que no cesaban de gritar y jamás se habían visto tan alterados.
Oliver guiaba a las tres chicas hacia donde parecía no concentrarse la multitud. Avanzaban por una avenida principal hacia el norte. Hacía muchísimo frío, el suelo estaba resbaladizo y las copas de los árboles, así como los techos de los pocos coches que quedaban aparcados y los tejados de los edificios, se encontraban cubiertas de una gruesa capa de nieve.
Ya anochecía.
Los alrededores de las entradas al metro estaban abarrotados. Todos trotaban hacia las señales luminosas de diana roja y blanca, con la franja en azul marino que la atravesaba y rezaba underground.
¿Qué o quién había vuelto tan loca a toda esa gente? ¿Por qué corrían? Y, lo peor de todo, alejándose como hacían de todos ellos, tratando de encontrar un punto tranquilo, ¿se estaban poniendo a salvo o se acercaban a la amenaza de la que la muchedumbre huía? ¡¿Qué pasaba?! ¿Por qué parecía que toda la población de Londres intentaba salir de la ciudad a toda costa?
De repente, en una zona cerca del parque de St James donde todo parecía más calmado, Oliver se detuvo y apoyó las manos en sus rodillas para poder respirar.

- ¿Qué hacemos? - preguntó sin aliento.
- Voy a casa - sentenció Ashley -. Mi madre y mi hermano están allí y debo ir por ellos.
- ¡¿Estás loca?! - gritó Emma -. ¿Te has percatado del panorama? Algo muy malo ha ocurrido.
- ¡Es mi familia! - masculló Ashley - No puedo hacer otra cosa.
- Llámales - dijo Ruth -. Puede que también estén tratando de salir.

Ashley corrió hacia la cabina roja más próxima y una risilla ridícula y excitada la invadió. Jamás hubiera pensado que la primera vez que haría ese tonto gesto al llegar a Londres iba a ser de aquel modo, en medio de lo que parecía la mayor catástrofe en que la capital inglesa se hubiera visto implicada, que ella al menos hubiera podido ver.
Pensaba en guerra, en atentados, en golpes de estado, en disparos de los que todo el mundo intentaba escapar. En terremotos, en desastres naturales.
Introdujo una libra en la ranura y marcó el número de su casa.
No hubo respuesta.
Apretó el botón de devolución con los dedos temblorosos, cogió la moneda dorada y volvió a meterla en la ranura. Marcó de nuevo. Dejó el teléfono sonar un buen rato.
Sin respuesta.
Luego volvió a introducir la libra y marcó el móvil de su padre. Después el número de su oficina en Nueva York.
Absolutamente nada.
Desesperada, salió de la graciosa cabina y volvió con sus amigos.

- Tengo que ir - dijo -.
- No - se negó Oliver -. Es de locos.
- Sé que mi madre no dejaría nuestra casa en una situación así - dijo Ashley, inquieta -. Y menos sin asegurarse de que yo esté bien y no haya ido a buscarles. Que no conteste no es una buena señal... -.
Ashley dio un paso atrás, pero Emma la sujetó y Ruth hizo lo mismo.
- ¡Ashley, por favor, no! - bramó Emma.

En un abrir y cerrar de ojos, Ashley se agachó y se zafó en un tirón de las manos de sus amigas, que hicieron amago de ir tras ella cuando empezó a correr lo más rápido que pudo. Justo entonces, un grupo enorme de gente fluyó en su dirección, dejándoles impotentemente atascados entre ellos, en imposibilidad de seguirla.

- ¡Id a Camden! - gritó Ashley - ¡Esperadme allí!

Todavía escuchaba sus implorantes y vanos gritos cuando dio la vuelta a la siguiente esquina, sin mirar atrás.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Capítulo II

Al cabo de dos días, en plena madrugada del domingo, el barco zarpaba del puerto de Cork en dirección al sur de Gales. Era en Cardiff donde residía la familia de Vincent. Desde allí tomarían el tren directo a Londres.

Ashley no tenía demasiadas ganas de regresar.
No era que no le gustara Londres. Había nacido allí y amaba la ciudad. Londres era el centro del mundo, y no sólo literalmente. En Londres convergía todo y podías encontrar cualquier cosa, de cualquier tipo, a cualquier hora. Tenía tantos colores que mareaba y, aunque era sonora, no resultaba ruidosa, porque en ella reinaba la armonía. Todo era limpísimo y ordenado de un modo contradictoriamente caótico.
Las cosas que más le gustaban a Ashley de Londres eran, por ejemplo, que nunca se aburría. Siempre había algo que hacer y a donde ir y siempre era algo diferente. La novedad no cesaba en Londres; también adoraba que fuera tan verde. Mirara a donde mirara, fuera a donde fuera y por mucho que fuera una capital, siempre había un árbol, un jardín, o un parque con ardillas desvergonzadas; y lo que mucha gente no sabía era que Londres no era el Big Ben. Londres no era un barullo interminable de movimiento y luces (que también lo era). Porque si salías en cinco minutos del centro, te encontrabas con otro mundo, que pertenecía asombrosamente a ella misma, de pueblucho tranquilo o parajes insólitos, como Hampstead, donde ella vivía con su familia.
Londres era como ella misma. Viva, camaleónica, sorprendente, alegre, hiriente, nerviosa, sincera. Entre ella y Ashley existía una conexión, a pesar de todo, imposible de romper.
Lo que le quitaba las ganas de volver y lo que más le fastidiaba era encontrarse cada vez más a menudo en una amada Londres en que, por muy grande y diversa que fuera, le resultaba casi imposible esconderse.

Ashley estaba sentada en la parte de atrás de la cubierta del barco, bajo un cielo negro cubierto en su totalidad por nubes, como casi siempre en Irlanda, que impedían ver una sola estrella. Miraba pensativa hacia arriba mientras se alejaban lentamente de la costa, cuando oyó un ruido rítmico de tacones inconfundibles acercándose.

- Así que tu hermano está en casa ahora - le dijo Ruth, sentándose a su lado, en el suelo. Ashley asintió.
- ¿Cuándo organizarás una fiesta, para que podamos conocerle mejor? - preguntó - ¡Qué guapo se ha puesto!
- Mi hermano es actor - sentenció Ashley -. Le interesa cada vez menos hacer cosas conmigo y tampoco tiene tiempo. Creo que sólo estará en Londres unos días más. Luego regresará a Nueva York.
- ¿Estás celosa, de que se haya vuelto una celebridad? - preguntó Ruth maliciosamente.
- De eso no - respondió Ashley -. Puede que lo esté de que su estúpido trabajo llame más su atención que yo. Nos hemos distanciado tanto...

Adam, el hermano de Ashley, empezó con ocho años participando en anuncios de televisión, con la ayuda del enchufe de su padre. Más tarde intervino en alguna que otra película y hacía poco le habían dado el papel protagonista en un thriller de trama vacía.
Se parecían mucho físicamente. En realidad eran la misma persona (el mismo pelo negro, el mismo tipo delgado con la misma estatura, los mismos ojos verdes y las mismas facciones, algo felinas), salvo que ella tenía cuerpo de mujer y él de hombre. Por lo demás, eran idénticos. Al fin y al cabo, eran mellizos. Ella había nacido unos minutos antes y se sentía más hermana mayor de lo que era. Aún así y aunque se llevaban muy bien, su personalidad distaba de asemejarse en absoluto. Él era más tranquilo y racional. Ashley era una soñadora y problemáticamente inquieta. Pero siempre estuvieron ahí el uno para el otro y se adoraban mutuamente.
Sí, estaba celosa de que la estuvieran apartando de él.

- Hace frío aquí fuera, ¿vienes a desayunar? - preguntó Ruth con una sonrisa cálida-.
- Ahora voy - respondió Ashley, y se quedó en la barandilla, mirando hacia la costa de Irlanda.

Eran las dos de la tarde cuando llegaron a Cardiff. En la capital de Gales hacía tanto frío como en Irlanda y, aunque ya no nevaba, todo se veía asombrosamente blanco. Realmente, parecía el invierno más frío que Ashley podía recordar. Parecía haber mucha gente por la calle.
Después de dejar a Vincent y hacerse con unos cafés calientes en envase de cartón, se dirigieron a toda prisa a la estación de tren con intención de tomar el de las tres y llegar a Londres antes de que anocheciera.
Un caos fuera de lo normal reinaba en la estación para cuando se plantaron allí. En la pantalla se observaban varios trayectos cancelados y la gente, que había tanta como no se veía a menudo, iba a paso rápido de un lado a otro y se movía de forma desordenada, con expresión nerviosa.
Ashley colgó el teléfono de la cabina después de intentar llamar a casa repetidas veces sin obtener respuesta y se acercó de nuevo a Ruth y Oliver, que miraban a su alrededor en medio de la estación.

- ¿Todavía está en la cola? - preguntó Ashley.
- Tranquila - dijo Ruth, echándose a un lado la melena para rebuscar en su bolso. Sacó un pintalabios y repasó el rojo que ya llevaba bien marcado -. Parece que hay mucha gente.
- No es normal... - apuntó Oliver, y Ruth le miró, herida -. Tanta gente, quiero decir.
- ¿Le habéis dicho que los coja para el primero que salga? - preguntó Ashley, alterada.

Emma volvió de la taquilla después de una cola exagerada, irritada y con billetes en la mano que repartió entre los cuatro. Ashley miró uno de los monitores. La salida era a las dos cuarenta y cinco, con llegada prevista a la estación Victoria en Londres a las cinco y media de la tarde.

- ¿No hay demasiada gente? - preguntó Emma, respirando agitadamente.
- Y todos corren, ¿por qué? - dijo Ashley, mirando de un lado a otro con gesto extrañado.
- Estarán regalando algo - comentó Ruth, restándole importancia -. Bien, andén ocho. ¿Vamos? - y avanzó contoneándose entre la multitud. Los demás la siguieron.

El vagón iba increíblemente vacío. Sólo compartían estancia con ellos un tipo con una larga gabardina gris, que leía el periódico, y un niño dormido que apoyaba la cabeza en el hombro de su padre, el cual gastaba una cara de susto que habría alarmado a cualquiera.
Desde allí todavía se escuchaba el barullo de gente en la estación.
Aunque había algo extraño en todo eso (la gente alterada en la estación, el tren vacío, las llamadas sin contestar de su madre), Ashley no empezó a asustarse hasta que, a medio camino del trayecto, mientras miraba por la ventanilla, del lado izquierdo de la vía, vio pasar un tren en dirección contraria, que venía de Londres e iba lleno de forma que podía verse a la gente de pie, apegotonada y agarrada donde podía. También se dio cuenta de que cargaban con maletas que denotaban que su viaje iba a ser de más de un par de días.
Un escalofrío le recorrió la espalda y notó como su cara palidecía.

- ¿Qué ocurre? - preguntó Oliver a su oído.

Ashley le miró un momento y abrió la boca, pero no contestó y se giró de nuevo hacia la ventanilla.
Cruzó los brazos y decidió hacer que no había visto nada. Se relajó en su asiento, concluyéndose a sí misma que empezaba a volverse paranoica debido a las constantes presiones que la habían estado desquiciando en los últimos meses.

Pero todo empeoró al llegar a la estación Victoria.

viernes, 28 de enero de 2011

Capítulo I

- Todo ha ido bien, mamá - dijo al auricular -. Desde que volvimos de Dublín ha hecho mejor tiempo. Saqué unas fotos preciosas de camino aquí, ya las verás cuando llegue.
- ¿Seguro que no quieres que vaya al puerto a recogerte? Hará mucho frío para que vengas hasta aquí en moto... - respondió su madre.
- No importa, ya sabes que me gusta ir en moto. Y más si hace frío. - Miró hacia fuera y se estremeció observando las ramas moviéndose con el gélido viento que el mar traía al sur de Irlanda.- ¿Sigue nevando?
- Dios mío, ¡no para! - respondió su madre -. Está siendo el enero más frío desde hace muchos años.
- Tengo que dejarte, no llevo más monedas encima. Te llamaré cuando llegue a Londres.
- Está bien - dijo su madre -. Dale recuerdos a los demás. Ten cuidado.
- Adiós, mamá. - dijo Ashley, y colgó.
Salió de la cabina, se echó la capucha del anorak a la cabeza y echó a andar a paso rápido hacia el pub de la esquina, con las manos entumecidas en los bolsillos. Echó una ojeada a los barcos meciéndose en el puerto y sonrió.
Cork era una ciudad encantadora. El tiempo, siempre gris, contrastaba con las casitas de colores y tejados puntiagudos que se apegotonaban graciosamente a lo largo de la calle principal. La gente solía ser amable y hospitalaria. El frío se olvidaba con unas risas en cualquiera de los sitios acogedores que abundaban en la localidad. Solía venir de vacaciones en familia cuando era pequeña. Era un lugar en el que, teniendo en cuenta quién era su padre, podían relajarse medianamente sin encontrarse con paparazzis a la vuelta de una manzana y otra. Le traía los mejores recuerdos de su infancia.
Su madre había nacido allí y se había mudado a Londres para estudiar Bellas Artes. Allí, en el pueblecito al norte de Londres donde ahora residían, había conocido a George Winters, que por entonces era un guapo actor de creciente popularidad, y se habían casado al poco tiempo para formar la familia que ahora eran. Cuando las vacaciones en Cork dejaron de ser frecuentes, Ashley, que sentía parte de sus raíces allí y se estaba formando como fotógrafa, había viajado a la isla esmeralda repetidas veces, atraída por su historia, cultura y belleza paisajística.
Hacía un mes que ella y sus amigos habían salido de Londres en el barco de Vincent, el novio de la mejor amiga de Ashley, un chico de color de familia adinerada, unos años mayor que el resto del grupo. Habían llegado a Cork y recorrido toda la costa de Irlanda y parte del interior en una caravana alquilada, acampando y hospedándose donde encontraban sitio, para volver de nuevo a Cork hacía unos días y prepararse para regresar. Durante el trayecto, Ashley había sacado sus mejores fotografías hasta el momento. Se había tomado un descanso en sus estudios para ese viaje y se sentía satisfecha.
Últimamente se había visto sometida a mucha presión. Desde que también su hermano decidió hacerse actor, habían empezado a perseguirla a ella también por todo Londres, a sacarla por televisión en programas de tertulia rosa y a involucrarla en numerosos rumores. ¡Incluso la esperaban a las puertas de la universidad, para preguntarle por sus intimidades sentimentales!
Emma la esperaba en la puerta del pub, fumando un cigarrillo. Sus flacas y largas piernas pataleaban el suelo y temblaban de frío y su pelo castaño se revolvía delante de su cara con el viento helado.
- ¿Sabes? Esto es lo que no me gusta de Irlanda, ni de Inglaterra. Tengo que salir de un pub para fumar un cigarro - le dijo, con los labios morados - ¿Sabes que en otros países europeos se puede fumar dentro de los bares, las discotecas, los rest...?
- ¡No me eches el humo en la cara! ¡Esa porquería te matará! - la interrumpió Ashley, riendo y empujándola hacia dentro.
- Seguro que otra cosa lo hace antes - respondió Emma mientras entraban y miraba a Vincent, el chico de color, sentado en la esquina del banco donde estaba el resto del grupo.
Ambas se miraron y rieron a carcajada limpia, antes de hacerse un hueco y sentarse también.
La poca luz del pub provenía de un par de focos amarillentos que colgaban del techo y de la chimenea al fondo de la estancia, que proyectaba una cálida luz anaranjada, formando sombras en movimiento. Las paredes del pub eran verde oscuro en casi su totalidad, pero estaban tapadas por montones de fotografías de paisajes y personalidades célebres irlandesas. También había estanterías con libros viejos, llenos de polvo, y una máquina de discos que parecía una reliquia a subastar. En la barra, la dueña del sitio, de pelo corto blanco y negro (no se sabía cuál de los colores era el teñido) estaba apoyada contra una pila de discos, leyendo con toda tranquilidad en medio de todo el ruido. El sitio estaba a rebosar de gente que reía y brindaba sin cesar.
Era el primer pub de los muchos en los que habían estado en Irlanda y el último en que pasarían el rato antes de irse del país.
- ¡Vamos, Ashley, te toca! ¿Por qué has tardado tanto? - dijo uno de los chicos, de cuerpo atlético, ojos azules y bonita sonrisa.
- Estaba hablando con su madre, Oliver, no seas pesado - contestó con los ojos en blanco la guapa del grupo, de melena rubia y brillante y labios rosas sensuales. Llevaba un escote poco adecuado para el tiempo que hacía, pero ella no solía ser adecuada en sí misma la mayoría del tiempo.
- Gracias, Ruth - sentenció Ashley, mientras removía los dados en el cubilete.
Estaban sentados alrededor de una mesa redonda cerca de la chimenea.
- ¿A qué hora saldremos el domingo? - preguntó Vincent, adoptando lo que pareció una de sus poses de modelo.
- Oh, cariño, ¿ya quieres separarte de mí? - dijo Emma, acurrucándose en su hombro y pestañeando exageradamente de forma cursi. Todos rieron.
- Venga, Vincent - señaló Oliver -, no estropees los últimos días de vacaciones hablando de la vuelta.
Siguieron jugando hasta que ya no pudieron tirar los dados sin que éstos cayeran en la mesa de al lado. Salieron tambaleándose del pub, después de demasiadas pintas de Guiness, apoyándose unos en otros y sin parar de reír, en dirección al hostal donde pasarían las dos últimas noches.
Oliver acompañó a Ashley hasta la puerta de su habitación y se apoyó en la pared con el codo, mirándola con ojos de cordero.
- ¿Puedo pasar? - preguntó.
- Oliver, no me parece una buena idea - contestó ella -. Ahora sólo quiero descansar.
- Pero... - balbuceó él -. Ashley, yo...
- Por favor - suspiró ella, y cerró la puerta en sus narices.
No era la primera vez que Oliver intentaba acercarse a ella descaradamente. Habían sido novios en el instituto. Cuando Ashley empezó la universidad, sus fuerzas por mantener su relación de adolescente se desvanecieron y decidió terminar con él, aunque seguían perteneciendo al mismo grupo de amigos. Era un buen chico, guapo, tierno y protector, pero los intereses de ambos tomaron caminos separados y ella estaba demasiado inmersa en sus estudios y su cámara como para seguir cultivando algo que podría haber terminado en el clásico matrimonio que se conoce desde niños. Él se estancó en su papel y Ashley siempre creyó en la evolución personal. Aún así, él nunca pareció rendirse con ella.
Se descolgó la réflex del cuello y se quitó la chaqueta y las converse. Hacía demasiado frío para llevarlas y habían pasado de moda hacía tiempo, pero nunca dejó de usarlas. Tenía cinco, en blanco, rojo, negro, amarillo y morado. Se metió en el baño y se desprendió de toda la ropa lentamente. Se miró en el espejo, con los ojos grandes, vivos y verdes que compartía con su hermano y su madre, y se soltó el largo pelo negro, que llevaba recogido en una coleta. Luego entró en la ducha y se pasó media hora bajo el agua caliente.
Pensó y pensó en los nervios que se la comían día a día. Ya era de antemano una persona bastante inquieta, pero ahora estaba saturada. Nunca le gustó ser hija de un actor de Hollywood. Cuando era pequeña, su madre siempre trató de dejarla al margen de la prensa y la televisión, pero fue imposible. Además, lo peor del asunto radicaba en cómo la mayoría de gente la trataba al saber que era hija (y ahora también hermana) de un famoso. En el colegio y el instituto, la criticaban y adoraban a partes iguales sin más fundamento que el eco que provocaba su familia en ella. Poca gente se dignaba a conocerla realmente, y esos pocos eran quienes la acompañaban en ese viaje a Irlanda. Eso sí la hacía feliz. Pero hubiera dado cualquier cosa por hacer desaparecer a esas personas que la perseguían y a los prejuicios que se creaban en su contra. Le hubiera gustado ser un personaje de una de esas películas de su padre.

jueves, 27 de enero de 2011

Prólogo

La puerta estaba a punto de venirse abajo.
A centímetros de su espalda, la pared los dejaba acorralados y obligados a enfrentarse al tumulto de salvajes que a pocos metros intentaba llegar hasta ellos.
Hombro con hombro, ambos se miraron y miraron sus respectivas armas. Él empuñaba una réplica de la espada del rey Richard III de Inglaterra. Ella sujetaba con ambas manos, que sudaban descontroladamente, una Beretta que apuntaba hacia el estruendo.
Otro fuerte golpe hizo temblar la puerta.
- ¿Qué hacemos ahora? - preguntó ella a grito histérico.
Él miró a su alrededor, tratando de averiguar cómo salir de aquel infierno sin tener que unirse al grupo que entraría de un momento a otro por la única entrada y salida que había en la habitación. En lo alto de la pared derecha había un conducto de ventilación. Él se puso debajo y le hizo a ella un gesto nervioso con la cabeza.
Ella echó una mirada más a la puerta, desde la que no paraban de escucharse los más terribles lamentos y jadeos y corrió hacia allí. Subió un pie a las manos de él y luego el otro, para después alzarse en sus hombros y acercar las manos al conducto. Tambaleándose, empezó a intentar sacar la rejilla que lo tapaba y, otra vez, la puerta tembló. Ambos fijaron la vista ansiosamente en la rejilla hasta que cayó ruidosamente al suelo a los pies de él.
- ¡Ya está! - exclamó ella.
- ¡Rápido, entra! - gritó él.
- ¿Y tú? - preguntó ella, asustada.
- No te preocupes, ¡entra ya! - respondió él.
Le miró desde la altura, sujeta al borde del conducto, aterrorizada.
- Todo saldrá bien - le dijo mirándola a los ojos, suplicante.
Pero ella sabía que cada vez que le había dicho que todo iba a salir bien, había ocurrido todo lo contrario, y se quedó inmóvil en esa posición, sin saber qué hacer.
Los gritos del pasillo eran cada vez más altos, o probablemente se trataba de más monstruos que iban uniéndose al grupo que intentaba tirar la puerta, golpeándola con más y más fuerza.
- ¡Ashley, por favor! - chilló él.
Entonces el pomo cayó, y la puerta se abrió unos centímetros, frenada en seco por la cadena de seguridad, dejando a la vista una rendija por la que ahora cabían los brazos de piel putrefacta, que se colaban estirándose hacia ellos, en gestos sedientos. Los gemidos se agudizaron al comprobar lo cerca que se encontraban ya de su presa, y los ojos inyectados en sangre casi se salían de sus órbitas.
- ¡No pienso dejarte aquí! - dijo ella.
- ¡Esto no es una de esas películas! ¡No te hagas la heroína ahora! ¡Sálvate, maldita sea! - suplicó él.
La cadena se rompió y los dos, paralizados de terror, miraron hacia la puerta, que se abrió de par en par en un golpe sordo contra la pared.
- ¡Noooooo! - gritaron a la vez.
Entonces se produjo la explosión y todo quedó a oscuras.