lunes, 14 de marzo de 2011

Capítulo III

- ¿Qué demonios está pasando? - dijo Emma, estupefacta, a la salida del tren.

En la estación Victoria, ya no es que hubiera gente moviéndose nerviosa de un lado a otro, como en Cardiff, sino que corrían despavoridos y se avalanzaban unos encima de otros, abriéndose paso entre lo que parecían colas, para poder conseguir un billete de tren. Todo el mundo gritaba. La estación, en toda su gran magnitud, estaba a rebosar de gente histérica. Había policías intentando reducir a unos cuantos que habían, incluso, empezado una pelea.

- ¡Dios santo, Harry, no quedan más billetes! ¡Van a cerrar la estanción! - le gritaba una mujer a su marido entre lágrimas.

No paraba de entrar gente en la estación.
Un hombre rodó por las escaleras mecánicas, arrastrando en su caída a otros tantos que ya bajaban corriendo. Una mujer, con tres niños, pasó por su lado arrastrando como podía dos pesadas maletas, dando traspiés hacia los andenes. Una familia, con abuelos incluídos, discutía acaloradamente con la chica del punto de información, que había formado una cola de una treintena de personas. Hombres uniformados frenaban el paso a golpe de porra a gente que intentaba colarse sin billete en los trenes. Un grupo de muchachas jóvenes se les acercó preguntando muy nerviosas si podían venderles un pasaje, diciendo que habían perdido a sus familias.

Ashley y los demás empezaron a avanzar hacia las escaleras de salida, entre el montón de gente que abarrotaba el hall de una de las más importantes estaciones de Londres. La gran mayoría trataba de llegar corriendo a los andenes, pero al momento resultaba ya imposible adelantarse con rápidez; se había formado una lenta masa de expresiones de pánico, rostros sudorosos y brazos estirados al aire que apenas se movía de su sitio. Oliver iba delante, tratando de abrirse paso a codazos entre la histeria, a ritmo de tortuga. Ninguno de ellos era capaz de decir nada.

Ya estaban arriba. Ashley se dio la vuelta para ver el aspecto de la estación desde lo alto, parpadeó varias veces ante semejante vorágine y, cuando Oliver tiró de su brazo, reaccionó y siguió a los demás hacia la salida.

La zona que rodeaba la estación mostraba una escena sobrecogedora.
La primera imagen que Ashley obtuvo de Londres fue la siguente: Al menos cien personas corrían a voz en grito, chillando los nombres de quienes llamaban y blasfemando cuanto se les ocurría o pidiendo ayuda al Santísimo Señor a partes iguales, empujando a cualquiera que les obstaculizara el paso, ya fuera tirándolo al suelo de la acera o en medio del asfalto, después de lo cual no parecía preocuparles en absoluto tener que pasarles por encima.
Los coches, haciendo caso omiso de las señales de tráfico, se dispersaban en una y otra dirección, dando acelerones y pegando volantazos que, Ashley creyó ver claramente, se llevaban a más de uno por delante, haciendo más insufribles los cientos de gritos desesperados que podían escucharse añadiendo a éstos el sonido incansable de bocinas estridentes. Allí no había circulación por la derecha, ni por la izquierda. Ni look left, ni look right. Era lo nunca visto, en Londres y en cualquier otro sitio.
Algo realmente horrible estaba pasando.

Se abrieron paso por las calles a una muy lenta velocidad, propinando los mismos empujones que iban recibiendo del tumulto de unos ciudadanos británicos que no cesaban de gritar y jamás se habían visto tan alterados.
Oliver guiaba a las tres chicas hacia donde parecía no concentrarse la multitud. Avanzaban por una avenida principal hacia el norte. Hacía muchísimo frío, el suelo estaba resbaladizo y las copas de los árboles, así como los techos de los pocos coches que quedaban aparcados y los tejados de los edificios, se encontraban cubiertas de una gruesa capa de nieve.
Ya anochecía.
Los alrededores de las entradas al metro estaban abarrotados. Todos trotaban hacia las señales luminosas de diana roja y blanca, con la franja en azul marino que la atravesaba y rezaba underground.
¿Qué o quién había vuelto tan loca a toda esa gente? ¿Por qué corrían? Y, lo peor de todo, alejándose como hacían de todos ellos, tratando de encontrar un punto tranquilo, ¿se estaban poniendo a salvo o se acercaban a la amenaza de la que la muchedumbre huía? ¡¿Qué pasaba?! ¿Por qué parecía que toda la población de Londres intentaba salir de la ciudad a toda costa?
De repente, en una zona cerca del parque de St James donde todo parecía más calmado, Oliver se detuvo y apoyó las manos en sus rodillas para poder respirar.

- ¿Qué hacemos? - preguntó sin aliento.
- Voy a casa - sentenció Ashley -. Mi madre y mi hermano están allí y debo ir por ellos.
- ¡¿Estás loca?! - gritó Emma -. ¿Te has percatado del panorama? Algo muy malo ha ocurrido.
- ¡Es mi familia! - masculló Ashley - No puedo hacer otra cosa.
- Llámales - dijo Ruth -. Puede que también estén tratando de salir.

Ashley corrió hacia la cabina roja más próxima y una risilla ridícula y excitada la invadió. Jamás hubiera pensado que la primera vez que haría ese tonto gesto al llegar a Londres iba a ser de aquel modo, en medio de lo que parecía la mayor catástrofe en que la capital inglesa se hubiera visto implicada, que ella al menos hubiera podido ver.
Pensaba en guerra, en atentados, en golpes de estado, en disparos de los que todo el mundo intentaba escapar. En terremotos, en desastres naturales.
Introdujo una libra en la ranura y marcó el número de su casa.
No hubo respuesta.
Apretó el botón de devolución con los dedos temblorosos, cogió la moneda dorada y volvió a meterla en la ranura. Marcó de nuevo. Dejó el teléfono sonar un buen rato.
Sin respuesta.
Luego volvió a introducir la libra y marcó el móvil de su padre. Después el número de su oficina en Nueva York.
Absolutamente nada.
Desesperada, salió de la graciosa cabina y volvió con sus amigos.

- Tengo que ir - dijo -.
- No - se negó Oliver -. Es de locos.
- Sé que mi madre no dejaría nuestra casa en una situación así - dijo Ashley, inquieta -. Y menos sin asegurarse de que yo esté bien y no haya ido a buscarles. Que no conteste no es una buena señal... -.
Ashley dio un paso atrás, pero Emma la sujetó y Ruth hizo lo mismo.
- ¡Ashley, por favor, no! - bramó Emma.

En un abrir y cerrar de ojos, Ashley se agachó y se zafó en un tirón de las manos de sus amigas, que hicieron amago de ir tras ella cuando empezó a correr lo más rápido que pudo. Justo entonces, un grupo enorme de gente fluyó en su dirección, dejándoles impotentemente atascados entre ellos, en imposibilidad de seguirla.

- ¡Id a Camden! - gritó Ashley - ¡Esperadme allí!

Todavía escuchaba sus implorantes y vanos gritos cuando dio la vuelta a la siguiente esquina, sin mirar atrás.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Capítulo II

Al cabo de dos días, en plena madrugada del domingo, el barco zarpaba del puerto de Cork en dirección al sur de Gales. Era en Cardiff donde residía la familia de Vincent. Desde allí tomarían el tren directo a Londres.

Ashley no tenía demasiadas ganas de regresar.
No era que no le gustara Londres. Había nacido allí y amaba la ciudad. Londres era el centro del mundo, y no sólo literalmente. En Londres convergía todo y podías encontrar cualquier cosa, de cualquier tipo, a cualquier hora. Tenía tantos colores que mareaba y, aunque era sonora, no resultaba ruidosa, porque en ella reinaba la armonía. Todo era limpísimo y ordenado de un modo contradictoriamente caótico.
Las cosas que más le gustaban a Ashley de Londres eran, por ejemplo, que nunca se aburría. Siempre había algo que hacer y a donde ir y siempre era algo diferente. La novedad no cesaba en Londres; también adoraba que fuera tan verde. Mirara a donde mirara, fuera a donde fuera y por mucho que fuera una capital, siempre había un árbol, un jardín, o un parque con ardillas desvergonzadas; y lo que mucha gente no sabía era que Londres no era el Big Ben. Londres no era un barullo interminable de movimiento y luces (que también lo era). Porque si salías en cinco minutos del centro, te encontrabas con otro mundo, que pertenecía asombrosamente a ella misma, de pueblucho tranquilo o parajes insólitos, como Hampstead, donde ella vivía con su familia.
Londres era como ella misma. Viva, camaleónica, sorprendente, alegre, hiriente, nerviosa, sincera. Entre ella y Ashley existía una conexión, a pesar de todo, imposible de romper.
Lo que le quitaba las ganas de volver y lo que más le fastidiaba era encontrarse cada vez más a menudo en una amada Londres en que, por muy grande y diversa que fuera, le resultaba casi imposible esconderse.

Ashley estaba sentada en la parte de atrás de la cubierta del barco, bajo un cielo negro cubierto en su totalidad por nubes, como casi siempre en Irlanda, que impedían ver una sola estrella. Miraba pensativa hacia arriba mientras se alejaban lentamente de la costa, cuando oyó un ruido rítmico de tacones inconfundibles acercándose.

- Así que tu hermano está en casa ahora - le dijo Ruth, sentándose a su lado, en el suelo. Ashley asintió.
- ¿Cuándo organizarás una fiesta, para que podamos conocerle mejor? - preguntó - ¡Qué guapo se ha puesto!
- Mi hermano es actor - sentenció Ashley -. Le interesa cada vez menos hacer cosas conmigo y tampoco tiene tiempo. Creo que sólo estará en Londres unos días más. Luego regresará a Nueva York.
- ¿Estás celosa, de que se haya vuelto una celebridad? - preguntó Ruth maliciosamente.
- De eso no - respondió Ashley -. Puede que lo esté de que su estúpido trabajo llame más su atención que yo. Nos hemos distanciado tanto...

Adam, el hermano de Ashley, empezó con ocho años participando en anuncios de televisión, con la ayuda del enchufe de su padre. Más tarde intervino en alguna que otra película y hacía poco le habían dado el papel protagonista en un thriller de trama vacía.
Se parecían mucho físicamente. En realidad eran la misma persona (el mismo pelo negro, el mismo tipo delgado con la misma estatura, los mismos ojos verdes y las mismas facciones, algo felinas), salvo que ella tenía cuerpo de mujer y él de hombre. Por lo demás, eran idénticos. Al fin y al cabo, eran mellizos. Ella había nacido unos minutos antes y se sentía más hermana mayor de lo que era. Aún así y aunque se llevaban muy bien, su personalidad distaba de asemejarse en absoluto. Él era más tranquilo y racional. Ashley era una soñadora y problemáticamente inquieta. Pero siempre estuvieron ahí el uno para el otro y se adoraban mutuamente.
Sí, estaba celosa de que la estuvieran apartando de él.

- Hace frío aquí fuera, ¿vienes a desayunar? - preguntó Ruth con una sonrisa cálida-.
- Ahora voy - respondió Ashley, y se quedó en la barandilla, mirando hacia la costa de Irlanda.

Eran las dos de la tarde cuando llegaron a Cardiff. En la capital de Gales hacía tanto frío como en Irlanda y, aunque ya no nevaba, todo se veía asombrosamente blanco. Realmente, parecía el invierno más frío que Ashley podía recordar. Parecía haber mucha gente por la calle.
Después de dejar a Vincent y hacerse con unos cafés calientes en envase de cartón, se dirigieron a toda prisa a la estación de tren con intención de tomar el de las tres y llegar a Londres antes de que anocheciera.
Un caos fuera de lo normal reinaba en la estación para cuando se plantaron allí. En la pantalla se observaban varios trayectos cancelados y la gente, que había tanta como no se veía a menudo, iba a paso rápido de un lado a otro y se movía de forma desordenada, con expresión nerviosa.
Ashley colgó el teléfono de la cabina después de intentar llamar a casa repetidas veces sin obtener respuesta y se acercó de nuevo a Ruth y Oliver, que miraban a su alrededor en medio de la estación.

- ¿Todavía está en la cola? - preguntó Ashley.
- Tranquila - dijo Ruth, echándose a un lado la melena para rebuscar en su bolso. Sacó un pintalabios y repasó el rojo que ya llevaba bien marcado -. Parece que hay mucha gente.
- No es normal... - apuntó Oliver, y Ruth le miró, herida -. Tanta gente, quiero decir.
- ¿Le habéis dicho que los coja para el primero que salga? - preguntó Ashley, alterada.

Emma volvió de la taquilla después de una cola exagerada, irritada y con billetes en la mano que repartió entre los cuatro. Ashley miró uno de los monitores. La salida era a las dos cuarenta y cinco, con llegada prevista a la estación Victoria en Londres a las cinco y media de la tarde.

- ¿No hay demasiada gente? - preguntó Emma, respirando agitadamente.
- Y todos corren, ¿por qué? - dijo Ashley, mirando de un lado a otro con gesto extrañado.
- Estarán regalando algo - comentó Ruth, restándole importancia -. Bien, andén ocho. ¿Vamos? - y avanzó contoneándose entre la multitud. Los demás la siguieron.

El vagón iba increíblemente vacío. Sólo compartían estancia con ellos un tipo con una larga gabardina gris, que leía el periódico, y un niño dormido que apoyaba la cabeza en el hombro de su padre, el cual gastaba una cara de susto que habría alarmado a cualquiera.
Desde allí todavía se escuchaba el barullo de gente en la estación.
Aunque había algo extraño en todo eso (la gente alterada en la estación, el tren vacío, las llamadas sin contestar de su madre), Ashley no empezó a asustarse hasta que, a medio camino del trayecto, mientras miraba por la ventanilla, del lado izquierdo de la vía, vio pasar un tren en dirección contraria, que venía de Londres e iba lleno de forma que podía verse a la gente de pie, apegotonada y agarrada donde podía. También se dio cuenta de que cargaban con maletas que denotaban que su viaje iba a ser de más de un par de días.
Un escalofrío le recorrió la espalda y notó como su cara palidecía.

- ¿Qué ocurre? - preguntó Oliver a su oído.

Ashley le miró un momento y abrió la boca, pero no contestó y se giró de nuevo hacia la ventanilla.
Cruzó los brazos y decidió hacer que no había visto nada. Se relajó en su asiento, concluyéndose a sí misma que empezaba a volverse paranoica debido a las constantes presiones que la habían estado desquiciando en los últimos meses.

Pero todo empeoró al llegar a la estación Victoria.