- ¿Qué demonios está pasando? - dijo Emma, estupefacta, a la salida del tren.
En la estación Victoria, ya no es que hubiera gente moviéndose nerviosa de un lado a otro, como en Cardiff, sino que corrían despavoridos y se avalanzaban unos encima de otros, abriéndose paso entre lo que parecían colas, para poder conseguir un billete de tren. Todo el mundo gritaba. La estación, en toda su gran magnitud, estaba a rebosar de gente histérica. Había policías intentando reducir a unos cuantos que habían, incluso, empezado una pelea.
- ¡Dios santo, Harry, no quedan más billetes! ¡Van a cerrar la estanción! - le gritaba una mujer a su marido entre lágrimas.
No paraba de entrar gente en la estación.
Un hombre rodó por las escaleras mecánicas, arrastrando en su caída a otros tantos que ya bajaban corriendo. Una mujer, con tres niños, pasó por su lado arrastrando como podía dos pesadas maletas, dando traspiés hacia los andenes. Una familia, con abuelos incluídos, discutía acaloradamente con la chica del punto de información, que había formado una cola de una treintena de personas. Hombres uniformados frenaban el paso a golpe de porra a gente que intentaba colarse sin billete en los trenes. Un grupo de muchachas jóvenes se les acercó preguntando muy nerviosas si podían venderles un pasaje, diciendo que habían perdido a sus familias.
Ashley y los demás empezaron a avanzar hacia las escaleras de salida, entre el montón de gente que abarrotaba el hall de una de las más importantes estaciones de Londres. La gran mayoría trataba de llegar corriendo a los andenes, pero al momento resultaba ya imposible adelantarse con rápidez; se había formado una lenta masa de expresiones de pánico, rostros sudorosos y brazos estirados al aire que apenas se movía de su sitio. Oliver iba delante, tratando de abrirse paso a codazos entre la histeria, a ritmo de tortuga. Ninguno de ellos era capaz de decir nada.
Ya estaban arriba. Ashley se dio la vuelta para ver el aspecto de la estación desde lo alto, parpadeó varias veces ante semejante vorágine y, cuando Oliver tiró de su brazo, reaccionó y siguió a los demás hacia la salida.
La zona que rodeaba la estación mostraba una escena sobrecogedora.
La primera imagen que Ashley obtuvo de Londres fue la siguente: Al menos cien personas corrían a voz en grito, chillando los nombres de quienes llamaban y blasfemando cuanto se les ocurría o pidiendo ayuda al Santísimo Señor a partes iguales, empujando a cualquiera que les obstaculizara el paso, ya fuera tirándolo al suelo de la acera o en medio del asfalto, después de lo cual no parecía preocuparles en absoluto tener que pasarles por encima.
Los coches, haciendo caso omiso de las señales de tráfico, se dispersaban en una y otra dirección, dando acelerones y pegando volantazos que, Ashley creyó ver claramente, se llevaban a más de uno por delante, haciendo más insufribles los cientos de gritos desesperados que podían escucharse añadiendo a éstos el sonido incansable de bocinas estridentes. Allí no había circulación por la derecha, ni por la izquierda. Ni look left, ni look right. Era lo nunca visto, en Londres y en cualquier otro sitio.
Algo realmente horrible estaba pasando.
Se abrieron paso por las calles a una muy lenta velocidad, propinando los mismos empujones que iban recibiendo del tumulto de unos ciudadanos británicos que no cesaban de gritar y jamás se habían visto tan alterados.
Oliver guiaba a las tres chicas hacia donde parecía no concentrarse la multitud. Avanzaban por una avenida principal hacia el norte. Hacía muchísimo frío, el suelo estaba resbaladizo y las copas de los árboles, así como los techos de los pocos coches que quedaban aparcados y los tejados de los edificios, se encontraban cubiertas de una gruesa capa de nieve.
Ya anochecía.
Los alrededores de las entradas al metro estaban abarrotados. Todos trotaban hacia las señales luminosas de diana roja y blanca, con la franja en azul marino que la atravesaba y rezaba underground.
¿Qué o quién había vuelto tan loca a toda esa gente? ¿Por qué corrían? Y, lo peor de todo, alejándose como hacían de todos ellos, tratando de encontrar un punto tranquilo, ¿se estaban poniendo a salvo o se acercaban a la amenaza de la que la muchedumbre huía? ¡¿Qué pasaba?! ¿Por qué parecía que toda la población de Londres intentaba salir de la ciudad a toda costa?
De repente, en una zona cerca del parque de St James donde todo parecía más calmado, Oliver se detuvo y apoyó las manos en sus rodillas para poder respirar.
- ¿Qué hacemos? - preguntó sin aliento.
- Voy a casa - sentenció Ashley -. Mi madre y mi hermano están allí y debo ir por ellos.
- ¡¿Estás loca?! - gritó Emma -. ¿Te has percatado del panorama? Algo muy malo ha ocurrido.
- ¡Es mi familia! - masculló Ashley - No puedo hacer otra cosa.
- Llámales - dijo Ruth -. Puede que también estén tratando de salir.
Ashley corrió hacia la cabina roja más próxima y una risilla ridícula y excitada la invadió. Jamás hubiera pensado que la primera vez que haría ese tonto gesto al llegar a Londres iba a ser de aquel modo, en medio de lo que parecía la mayor catástrofe en que la capital inglesa se hubiera visto implicada, que ella al menos hubiera podido ver.
Pensaba en guerra, en atentados, en golpes de estado, en disparos de los que todo el mundo intentaba escapar. En terremotos, en desastres naturales.
Introdujo una libra en la ranura y marcó el número de su casa.
No hubo respuesta.
Apretó el botón de devolución con los dedos temblorosos, cogió la moneda dorada y volvió a meterla en la ranura. Marcó de nuevo. Dejó el teléfono sonar un buen rato.
Sin respuesta.
Luego volvió a introducir la libra y marcó el móvil de su padre. Después el número de su oficina en Nueva York.
Absolutamente nada.
Desesperada, salió de la graciosa cabina y volvió con sus amigos.
- Tengo que ir - dijo -.
- No - se negó Oliver -. Es de locos.
- Sé que mi madre no dejaría nuestra casa en una situación así - dijo Ashley, inquieta -. Y menos sin asegurarse de que yo esté bien y no haya ido a buscarles. Que no conteste no es una buena señal... -.
Ashley dio un paso atrás, pero Emma la sujetó y Ruth hizo lo mismo.
- ¡Ashley, por favor, no! - bramó Emma.
En un abrir y cerrar de ojos, Ashley se agachó y se zafó en un tirón de las manos de sus amigas, que hicieron amago de ir tras ella cuando empezó a correr lo más rápido que pudo. Justo entonces, un grupo enorme de gente fluyó en su dirección, dejándoles impotentemente atascados entre ellos, en imposibilidad de seguirla.
- ¡Id a Camden! - gritó Ashley - ¡Esperadme allí!
Todavía escuchaba sus implorantes y vanos gritos cuando dio la vuelta a la siguiente esquina, sin mirar atrás.