Al cabo de dos días, en plena madrugada del domingo, el barco zarpaba del puerto de Cork en dirección al sur de Gales. Era en Cardiff donde residía la familia de Vincent. Desde allí tomarían el tren directo a Londres.
Ashley no tenía demasiadas ganas de regresar.
No era que no le gustara Londres. Había nacido allí y amaba la ciudad. Londres era el centro del mundo, y no sólo literalmente. En Londres convergía todo y podías encontrar cualquier cosa, de cualquier tipo, a cualquier hora. Tenía tantos colores que mareaba y, aunque era sonora, no resultaba ruidosa, porque en ella reinaba la armonía. Todo era limpísimo y ordenado de un modo contradictoriamente caótico.
Las cosas que más le gustaban a Ashley de Londres eran, por ejemplo, que nunca se aburría. Siempre había algo que hacer y a donde ir y siempre era algo diferente. La novedad no cesaba en Londres; también adoraba que fuera tan verde. Mirara a donde mirara, fuera a donde fuera y por mucho que fuera una capital, siempre había un árbol, un jardín, o un parque con ardillas desvergonzadas; y lo que mucha gente no sabía era que Londres no era el Big Ben. Londres no era un barullo interminable de movimiento y luces (que también lo era). Porque si salías en cinco minutos del centro, te encontrabas con otro mundo, que pertenecía asombrosamente a ella misma, de pueblucho tranquilo o parajes insólitos, como Hampstead, donde ella vivía con su familia.
Londres era como ella misma. Viva, camaleónica, sorprendente, alegre, hiriente, nerviosa, sincera. Entre ella y Ashley existía una conexión, a pesar de todo, imposible de romper.
Lo que le quitaba las ganas de volver y lo que más le fastidiaba era encontrarse cada vez más a menudo en una amada Londres en que, por muy grande y diversa que fuera, le resultaba casi imposible esconderse.
Ashley estaba sentada en la parte de atrás de la cubierta del barco, bajo un cielo negro cubierto en su totalidad por nubes, como casi siempre en Irlanda, que impedían ver una sola estrella. Miraba pensativa hacia arriba mientras se alejaban lentamente de la costa, cuando oyó un ruido rítmico de tacones inconfundibles acercándose.
- Así que tu hermano está en casa ahora - le dijo Ruth, sentándose a su lado, en el suelo. Ashley asintió.
- ¿Cuándo organizarás una fiesta, para que podamos conocerle mejor? - preguntó - ¡Qué guapo se ha puesto!
- Mi hermano es actor - sentenció Ashley -. Le interesa cada vez menos hacer cosas conmigo y tampoco tiene tiempo. Creo que sólo estará en Londres unos días más. Luego regresará a Nueva York.
- ¿Estás celosa, de que se haya vuelto una celebridad? - preguntó Ruth maliciosamente.
- De eso no - respondió Ashley -. Puede que lo esté de que su estúpido trabajo llame más su atención que yo. Nos hemos distanciado tanto...
Adam, el hermano de Ashley, empezó con ocho años participando en anuncios de televisión, con la ayuda del enchufe de su padre. Más tarde intervino en alguna que otra película y hacía poco le habían dado el papel protagonista en un thriller de trama vacía.
Se parecían mucho físicamente. En realidad eran la misma persona (el mismo pelo negro, el mismo tipo delgado con la misma estatura, los mismos ojos verdes y las mismas facciones, algo felinas), salvo que ella tenía cuerpo de mujer y él de hombre. Por lo demás, eran idénticos. Al fin y al cabo, eran mellizos. Ella había nacido unos minutos antes y se sentía más hermana mayor de lo que era. Aún así y aunque se llevaban muy bien, su personalidad distaba de asemejarse en absoluto. Él era más tranquilo y racional. Ashley era una soñadora y problemáticamente inquieta. Pero siempre estuvieron ahí el uno para el otro y se adoraban mutuamente.
Sí, estaba celosa de que la estuvieran apartando de él.
- Hace frío aquí fuera, ¿vienes a desayunar? - preguntó Ruth con una sonrisa cálida-.
- Ahora voy - respondió Ashley, y se quedó en la barandilla, mirando hacia la costa de Irlanda.
Eran las dos de la tarde cuando llegaron a Cardiff. En la capital de Gales hacía tanto frío como en Irlanda y, aunque ya no nevaba, todo se veía asombrosamente blanco. Realmente, parecía el invierno más frío que Ashley podía recordar. Parecía haber mucha gente por la calle.
Después de dejar a Vincent y hacerse con unos cafés calientes en envase de cartón, se dirigieron a toda prisa a la estación de tren con intención de tomar el de las tres y llegar a Londres antes de que anocheciera.
Un caos fuera de lo normal reinaba en la estación para cuando se plantaron allí. En la pantalla se observaban varios trayectos cancelados y la gente, que había tanta como no se veía a menudo, iba a paso rápido de un lado a otro y se movía de forma desordenada, con expresión nerviosa.
Ashley colgó el teléfono de la cabina después de intentar llamar a casa repetidas veces sin obtener respuesta y se acercó de nuevo a Ruth y Oliver, que miraban a su alrededor en medio de la estación.
- ¿Todavía está en la cola? - preguntó Ashley.
- Tranquila - dijo Ruth, echándose a un lado la melena para rebuscar en su bolso. Sacó un pintalabios y repasó el rojo que ya llevaba bien marcado -. Parece que hay mucha gente.
- No es normal... - apuntó Oliver, y Ruth le miró, herida -. Tanta gente, quiero decir.
- ¿Le habéis dicho que los coja para el primero que salga? - preguntó Ashley, alterada.
Emma volvió de la taquilla después de una cola exagerada, irritada y con billetes en la mano que repartió entre los cuatro. Ashley miró uno de los monitores. La salida era a las dos cuarenta y cinco, con llegada prevista a la estación Victoria en Londres a las cinco y media de la tarde.
- ¿No hay demasiada gente? - preguntó Emma, respirando agitadamente.
- Y todos corren, ¿por qué? - dijo Ashley, mirando de un lado a otro con gesto extrañado.
- Estarán regalando algo - comentó Ruth, restándole importancia -. Bien, andén ocho. ¿Vamos? - y avanzó contoneándose entre la multitud. Los demás la siguieron.
El vagón iba increíblemente vacío. Sólo compartían estancia con ellos un tipo con una larga gabardina gris, que leía el periódico, y un niño dormido que apoyaba la cabeza en el hombro de su padre, el cual gastaba una cara de susto que habría alarmado a cualquiera.
Desde allí todavía se escuchaba el barullo de gente en la estación.
Aunque había algo extraño en todo eso (la gente alterada en la estación, el tren vacío, las llamadas sin contestar de su madre), Ashley no empezó a asustarse hasta que, a medio camino del trayecto, mientras miraba por la ventanilla, del lado izquierdo de la vía, vio pasar un tren en dirección contraria, que venía de Londres e iba lleno de forma que podía verse a la gente de pie, apegotonada y agarrada donde podía. También se dio cuenta de que cargaban con maletas que denotaban que su viaje iba a ser de más de un par de días.
Un escalofrío le recorrió la espalda y notó como su cara palidecía.
- ¿Qué ocurre? - preguntó Oliver a su oído.
Ashley le miró un momento y abrió la boca, pero no contestó y se giró de nuevo hacia la ventanilla.
Cruzó los brazos y decidió hacer que no había visto nada. Se relajó en su asiento, concluyéndose a sí misma que empezaba a volverse paranoica debido a las constantes presiones que la habían estado desquiciando en los últimos meses.
Pero todo empeoró al llegar a la estación Victoria.
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